domingo, 25 de septiembre de 2005
CARTA DE PRESENTACIÓN
DEL SR. ARZOBISPO

Valencia, 23 mayo 2005

Como Pastor de la Iglesia valentina, me complace presentar a los sacerdotes, religiosos, miembros de institutos seculares y fieles laicos de nuestra Archidiócesis las Prioridades Pastorales del curso 2005-2006, que he determinado con el asesoramiento del Consejo Pastoral Diocesano y la colaboración técnica de la Vicaría de Evangelización.

A partir de un estudio de la situación actual —«¿Dónde estamos?»—, hemos seleccionado unos objetivos generales, que en el texto figuran bajo el título «¿A dónde vamos?». Hemos intentado que los objetivos fueran claros y con posibilidad de ser evaluados, para poder determinar su cumplimiento. Además, indicamos unas acciones —«Proponemos»— destinadas a conseguir los fines marcados y a ofrecer los apoyos y servicios que las distintas Comisiones Diocesanas de Pastoral pueden prestar para su mejor ejecución.

Señalamos tres prioridades pastorales para el curso 2005-2006:

• el Matrimonio y la Familia
• la Catequesis y
• la Eucaristía.

La primera de ellas —Matrimonio y Familia— viene sugerida, tanto por la necesidad de recordar a los cristianos y a la sociedad la verdad sobre estas importantes realidades humanas, como por la próxima celebración en Valencia del V Encuentro Mundial de las Familias y la necesaria preparación de este evento en todas las comunidades cristianas.

Desde hace varios años, la renovación de la Catequesis viene siendo objeto de una atención pastoral especial en nuestra Archidiócesis, que en este curso deseamos continuar y profundizar para una mayor y mejor transmisión de la fe.

El tema de la Eucaristía en la vida y la acción pastoral de la Iglesia diocesana nos viene dado por el «Año de la Eucaristía» y por el Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el mes de octubre de 2005, sobre la Eucaristía.

La adaptación de los objetivos generales y de las acciones que proponemos corresponde a las parroquias, a las comunidades de vida consagrada y a los movimientos de laicos. Y, como os decía en la presentación del Plan Pastoral 2001-2004, los Consejos de Pastoral parroquiales y los órganos directivos de los movimientos y asociaciones apostólicas deberán aplicar estos objetivos diocesanos a su situación particular, determinando las tareas que deben realizar e intentando precisar cómo van a evaluar las actividades realizadas.

Es importante comprender que los objetivos pastorales diocesanos no son un añadido a la programación pastoral de las parroquias, comunidades o movimientos apostólicos, ni mucho menos un estorbo para la realización de los objetivos de su acción pastoral. Es preciso relacionar de tal forma los objetivos diocesanos y los particulares, que en las actividades ordinarias de la vida parroquial, de la comunidad o del movimiento se consigan los objetivos que la Archidiócesis se ha marcado para este curso. De esta forma, se logrará realizar de modo extraordinario lo que es, o siempre debió ser, un objetivo ordinario de su acción pastoral.

Pongo en vuestras manos este pequeño libro, pidiendo a Dios, por mediación de la Santísima Virgen María, que nos ayude a conseguir los objetivos propuestos en bien de todos los fieles cristianos de nuestra Archidiócesis.

Con mi bendición y afecto,






INTRODUCCIÓN

La misión recibida por la Iglesia de hacer discípulos de todos los pueblos por la predicación del Evangelio, la celebración de los sacramentos y el testimonio fecundo de la vida del amor, continúa incansable a lo largo de los siglos.

Esta misión no sólo se dirige a hacer nuevos discípulos sino que busca fortalecer la fe de quienes ya siguen a Jesucristo. Entre el hacer nuevos discípulos y sostener en la fe, la esperanza y la caridad a quienes ya lo son, se establecen los parámetros de la misión evangelizadora. Esta supone un recorrido muy amplio que comprende a todo ser humano, hombre y mujer, en sus circunstancias y contextos. Estos parámetros cambiantes son los que obligan a la Iglesia y, por ello, a las parroquias, comunidades y movimientos cristianos a plantear el modo más eficaz, siendo fieles al Evangelio, de anunciar el mensaje de la salvación con palabras, gestos y modos que se adapten a la comprensión de quienes son los receptores actuales de la Buena Nueva.

En la consideración del tiempo actual se ha llegado a la clara convicción de que la situación está marcada por graves incertidumbres en el campo cultural, antropológico, ético y espiritual (EiE 3), que dificultan la misión recibida por la Iglesia de anunciar el Evangelio.

Desde el principio la Iglesia ha estado compartiendo las angustias, esperanzas y tristezas del mundo. Nunca ha estado ajena a lo que sucedía en la sociedad de cada tiempo, a la que ha prestado sincera colaboración desde la seguridad que da el saber que Jesucristo es el Señor de la historia.

La mirada constante de la Iglesia ha estado siempre atenta a la formación de los estilos de vida que modela la cultura (cf. GS 54). La cultura actual presenta algunos signos que contradicen esencialmente el Evangelio y la verdad sobre el ser humano:

La comunión entre las personas es suplantada por una aparente armonía universal que pone de acuerdo a hombres y mujeres.

El individualismo es un hoyo donde la relación con otros queda pervertida por la relación instrumental a la búsqueda de ventajas.

La comunicación anónima y virtual está apagando la comunicación con las personas reales.

Un laicismo reformulado es lanzado con fuerza hacia las convicciones profundas de la persona, invitándola a vivir como si Dios no existiera.

El relativismo de las ideas lleva a la convicción generalizada que no existe un verdad única para todos.

No cabe duda que esta lógica de la cultura presente se ha instalado también en las conciencias cristianas. Para remontar esta situación, debe descubrirse que esta lógica es un cerco a la fe. Podemos tener la impresión que el «mundo» nos vence. Por eso hay que colocar como telón de fondo las palabras de Jesús: Tened ánimo, yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Más aún, no hay que actuar a la defensiva de las creaciones culturales sino con nueva creatividad (cf. GS 58).

Este ha sido el propósito de nuestra Iglesia diocesana cuando en el contexto del Plan Pastoral anterior decidió abordar de forma conjunta la situación del laicado, de la juventud y de las vocaciones. Y siguiendo en esta misma línea, consciente de las urgencias presentes, propone como líneas futuras de actuación pastoral: el matrimonio y la familia, la catequesis y la Eucaristía, que se suman a las ya mencionadas para dar así una mayor amplitud a la tarea evangelizadora que se realiza en las parroquias. Estas nuevas iniciativas debemos situarlas en las indicaciones que se reciben de la Visita Pastoral.

En la Visita Pastoral se constata cómo las comunidades cristianas ven con preocupación que en la pastoral ordinaria hay una inadecuación entre lo que se ofrece y lo que se demanda, entre lo que se realiza y lo que se desea. No reconocer esta tensión podría ser signo de estar fosilizando la novedad de Cristo.

La respuesta a esta situación la encontramos en el mandato misionero del Señor. La Iglesia, movida por el Espíritu es comunidad misionera. La fe en Jesucristo que nos acompaña todos los días nos impulsa a proclamarla en todos los ambientes mediante un anuncio entusiasta y un testimonio fiel para que llegue a todos.

Las comunidades cristianas y los diferentes agentes de pastoral son los que, junto a los sacerdotes, deben formular esta pastoral misionera, concretando los medios y los recursos para que el Evangelio llegue a todos y a todo (cf. GS 46). Por eso es necesario que cada parroquia diseñe su propia programación pastoral como un instrumento para el servicio a la tarea evangelizadora a la que todos estamos llamados constantemente.

El punto de partida debemos de situarlo, por tanto, dentro de nuestras comunidades cristianas. En ellas encontramos los signos de vitalidad y la fuerza para proseguir incansables la tarea. Baste recordar a tantos fieles cristianos laicos entregados con generosidad a la vida de la Iglesia. Con ellos debemos contar, pues a través de los Consejos pastorales asumirán muchas de las responsabilidades que les son propias.

Mediante la eficaz y necesaria ayuda de los fieles cristianos laicos debemos suscitar la fe y acompañar su crecimiento en la vida de tantos hombres y mujeres de todas las edades que se acercan a las parroquias. La Iglesia que tiene que ser «de todos y para todos», donde se pueda descubrir lo más hondo, verdadero y definitivo de la vida.

Presentar y anunciar a Jesucristo como único Mediador entre el amor del Padre y las necesidades más profundas de los hombres, es la misión a la que estamos llamados, haciendo de las comunidades cristianas espacios de acogida y de vida evangélica.

De todo ello ha surgido el deseo de acoger la llamada que el Espíritu dirige a las Iglesias en Europa para que se comprometan ante los nuevos desafíos. Con el fin de descubrir las tareas que le esperan a la Iglesia: se han propuesto «orientaciones útiles para que el rostro de Cristo sea cada vez más visible a través de un anuncio más eficaz, corroborado por un testimonio coherente» (EiE 3).



EL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

EN LA VIDA Y LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA DIOCESANA.

1.- ¿Dónde estamos?

En los últimos años ha surgido, en los más diversos ámbitos, una notoria contestación al matrimonio y a la familia. Se ha desarrollado un movimiento ideológico fuertemente contrario a la institución familiar, que pretende ofrecer una nueva imagen de la familia contraria a su verdad original y que se plasma en iniciativas sociales y legislativas que ponen en grave riesgo la continuidad de una sociedad plenamente humana.

Asistimos pues a una gran revolución cultural que como fruto está produciendo una crisis en el matrimonio y, consecuentemente, en la familia, porque la identidad de ésta implica necesariamente la identidad del matrimonio.

Esto revela que la historia no es simplemente un progreso necesario hacia lo mejor, sino más bien un acontecimiento de libertad, más aún, un combate entre libertades que se oponen entre sí, es decir, según la conocida expresión de san Agustín, un conflicto entre dos amores: el amor de Dios llevado hasta el desprecio de sí, y el amor de sí mismo llevado hasta el desprecio de Dios (FC 6).

Junto a las luces en que hoy vive la familia, pues son muchas las familias habitadas por la gloria de la vida, iluminadas por la fe y enardecidas en el amor, existe indudablemente un conjunto de sombras. Pero frente a ellas la familia resiste. ¿Qué significa esto? Que la familia no es un invento humano, sino que responde al diseño originario de Dios Creador. Y elevado el amor humano a dignidad sacramental, es bendecido y redimido por la muerte en cruz de Cristo Jesús, convirtiéndose así en camino de santidad, en camino de salvación.

El matrimonio es uno de los sacramentos que Cristo instituyó en su Iglesia.

No ha llegado la hora del fin de la familia, porque la historia del hombre está atravesada de parte a parte por otra historia: la de Dios. Y Él es el Señor de la historia.

La coherencia y la fidelidad con el Evangelio de Jesucristo nos exige reconocer que el único modelo es la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer. Ella debe encontrar ayuda y apoyo, a todos los niveles, en el servicio pastoral de la Iglesia, mediante el que se anuncia a la sociedad el «evangelio de la familia y la vida».

Este campo pastoral es prioritario en la nueva evangelización porque: ¡El futuro de la humanidad se fragua en la familia! (FC 86), no sólo porque en ella se realiza la maduración de la persona como elemento clave de las futuras familias y del protagonismo social (cf. FC 42), sino porque en ella, también, se responde a las necesidades espirituales, hasta el punto que la familia ha sido llamada «iglesia doméstica» (cf. LG 11).

Si queremos que las familias sean verdaderas trasmisoras de la fe, deben encontrar en la Iglesia y, por tanto, en las parroquias toda clase de esfuerzos para que la pastoral familiar adquiera consistencia y se desarrolle. Las dificultades con las que se encuentra hoy este campo de la acción evangelizadora deben servirnos para tomar una conciencia más viva de la gracia y de la responsabilidad que la parroquia y sus miembros (sacerdotes y seglares) reciben del Señor en orden a la promoción de la pastoral familiar (cf. FC 70).

2.- ¿Hacia dónde vamos?

Todo ello nos exige: Proponer con fidelidad la verdad sobre el matrimonio y la familia, anunciando lo que el Evangelio dice sobre la institución familiar, para comprender su sentido y su valor en el designio salvador de Dios, ya que tanto el matrimonio como la familia provienen de la voluntad divina (EiE 90).

3.- Proponemos:

1º.- Que se constituya en todas las Vicarías Episcopales una Comisión para la Pastoral Familiar; así como Equipos arciprestales para potenciar una viva pastoral a favor de la familia en las respectivas parroquias.

2º.- Que los fieles de todas las parroquias, en especial los agentes de pastoral familiar, reciban una adecuada formación a través del estudio de la Exhortación Apostólica «Familiaris Consortio», con el apoyo de los materiales editados por la Vicaría de Evangelización.

3º.- Preparar y acoger el «V Encuentro mundial del Santo Padre con las familias», como un acontecimiento de gracia para la Iglesia en Valencia y una oportunidad para dar nuevo impulso a la pastoral familiar en la diócesis.



LA CATEQUESIS

EN LA VIDA Y LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA DIOCESANA.

1.- ¿Dónde estamos?

La evangelización sigue siendo la tarea fundamental de la Iglesia, su vocación, su misión. Y en ese campo es importante reconocer, desde una actitud de verdadero agradecimiento, la entrega generosa de numerosos sacerdotes, religiosos y laicos a la tarea de transmitir el Evangelio.

Pero también es necesario subrayar las numerosas dificultades a la hora de vivir esta acción evangelizadora. Es manifiesto que los cauces tradicionales por los que se ha transmitido la fe (familia, escuela, parroquia, sociedad) han perdido muchas de sus capacidades. El contexto socio-cultural actual dificulta enormemente la evangelización, la personalización de la fe y, en consecuencia, la Iniciación cristiana, entendida ésta como la inserción de un candidato en el misterio de Cristo, muerto y resucitado, y en la Iglesia por medio de la fe y de los sacramentos (INCRO 19).

Pero junto a las circunstancias socio-culturales que dificultan la Iniciación en la fe, debemos preguntarnos si la respuesta eclesial que ofrecemos ante esas nuevas circunstancias es la adecuada. Además de los elementos esperanzadores existentes, también son numerosos los signos de crisis y desánimo que se constatan. En nuestros grupos de catequesis participa un número importante de niños y jóvenes. Y un porcentaje elevado de los mismos abandona la práctica sacramental y la vida eclesial.

La Iniciación es también iniciación a la comunidad cristiana. Pero no siempre parece que tengamos cauces atrayentes para incorporar a las nuevas generaciones a dicha comunidad. Se cuida la catequesis de Iniciación, pero no siempre se continúa con el acompañamiento y la integración posterior.

La catequesis se define por estar al servicio de la Iniciación cristiana y por estar estrechamente vinculada a los sacramentos de la Iniciación (cf. DGC 63-66). Pero en la práctica pastoral parece subrayarse más el segundo aspecto, hasta el punto que la recepción de determinados sacramentos parece ser el único fin de la catequesis. Constatamos que no existe un proceso unitario de Iniciación cristiana para niños, adolescentes y jóvenes, que tenga como fin no tanto la recepción de los sacramentos, sino la Iniciación cristiana, en la que dichos sacramentos de Iniciación son, ciertamente, momentos fundamentales. También es manifiesta cierta descoordinación entre los distintos agentes evangelizadores implicados en la Iniciación de niños, adolescentes y jóvenes (catequistas, profesores, padres, educadores en el tiempo libre, etc.).

En un plano teórico, es sabido que las tareas fundamentales de la catequesis son ayudar a conocer, celebrar, vivir y contemplar el misterio de Cristo (cf. DGC 84ss). Sin embargo, en numerosas ocasiones se insiste de modo parcial en su aspecto cognoscitivo, en detrimento de las otros aspectos. No es tanto una catequesis de Iniciación cuanto una catequesis de formación.

Otro elemento a revisar sería el contenido de la catequesis, de modo que el mensaje cristiano sea presentado completo e íntegro, sin reducir sus exigencias, sin silenciar ninguno de sus aspectos fundamentales y sin haberlo sometido a una selección de sus contenidos (desde la consideración de que los mismos carecen de importancia o por miedo a un posible rechazo) (cf. CT 30; DGC 112). De una propuesta reductiva no se sigue una adhesión madura y consciente a Jesucristo.

Frente a la gran diversidad de niveles de fe existente entre los destinatarios de la catequesis, la Iglesia debería responder con un amplio abanico de propuestas formativas. Pero, en la mayoría de los casos, estamos ofreciendo una respuesta uniforme.

Siguiendo las indicaciones de Ecclesia in Europa, se valora como urgente el relanzar el ministerio de la catequesis como educación y desarrollo de la fe de cada persona (EiE 51). Por ello, es necesario que las comunidades cristianas se movilicen para proponer una catequesis apropiada a los diversos itinerarios espirituales de los fieles en las diversas edades y condiciones de vida (EiE 51).

2.- ¿Hacia dónde vamos?

Todo ello nos exige: generar un proceso de profundización y renovación de la transmisión de la fe, que implique tanto a agentes y destinatarios, como a itinerarios, contenidos y metodologías. En este proceso jugará un papel fundamental la formación básica y permanente de los catequistas.

3.- Proponemos:

1º- Que se difunda y estudie el Plan Diocesano de Transmisión de la Fe y se revisen las programaciones parroquiales de catequesis a la luz de los criterios que éste propone.

2º- Que se potencien los equipos de Vicaría, de modo que en ellos existan representantes de todas las parroquias, y se conviertan en ámbitos promotores de la coordinación de la acción catequética y de la formación de los catequistas.

3º- Que los catequistas participen en las acciones formativas propias, a través del I.D.C.R. y de las iniciativas arciprestales y parroquiales, coordinadas desde los equipos de Vicaría.



LA EUCARISTÍA

EN LA VIDA Y LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA DIOCESANA.

1.- ¿Dónde estamos?

La Iglesia confiesa y anuncia que la Eucaristía es centro espiritual de la vida diocesana, parroquial y personal de cada cristiano (cf. EiE 75). Por ello, observa con preocupación y dolor que se da una cierta disminución de la fe en el misterio eucarístico como presencia real, verdadera y sustancial de Jesucristo. A esto, cabe unir, como consecuencia de una cultura hedonista, una conciencia limitada de los valores de este sacramento como el sacrificio y la entrega de Jesucristo, lo que se traduce en muchos casos en una celebración menos adecuada al modelo que nos propone la Iglesia.

Junto a esfuerzos muy estimables por mantener y fomentar la digna celebración de la Eucaristía y hacer de ella el centro de la vida de las comunidades cristianas, se constata que muchos cristianos han abandonado la práctica habitual de la oración. La celebración de la Eucaristía es la gran oración que la Iglesia, reunida en comunidad, dirige a Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Esto implica que a bastantes cristianos, especialmente a los niños y los jóvenes, les sea difícil valorar la riqueza espiritual de este misterio y participar en él fructuosamente, al carecer del hábito de la contemplación, de la escucha interior de la palabra de Dios y de la plegaria personal y comunitaria. Por ello, en no pocas ocasiones la misa les resulta incomprensible, aburrida y tediosa.

En este contexto, buscando iniciativas de actuación pastoral que abran caminos de esperanza en la situación presente, se advierten signos positivos como son la renovación y dignificación de los espacios del culto, la formación de coros parroquiales, el gran número de cursos sobre la Eucaristía y la liturgia en general y la existencia creciente de pequeñas comunidades que dinamizan la vida parroquial.

En muchas parroquias se tiene un sincero y constante interés por mejorar la celebración eucarística, pero se hace siguiendo iniciativas particulares opuestas, a veces, a las indicaciones del Magisterio. En unos lugares parecen haberse estancado en las primeras reformas postconciliares, mientras que en otros se esfuerzan por aplicar lo que la Iglesia presenta en la Ordenación General del Misal Romano.

La Iglesia, queriendo recordar todo lo que la Eucaristía es para ella y para los cristianos, le ha dedicado un «año», como un tiempo de gracia, conversión y ayuda que sirva a las comunidades cristianas para redescubrir y profundizar en este sacramento, que es culmen y fuente de toda la actividad eclesial, conociendo mejor su naturaleza como «misterio», vínculo de comunión y envío misionero.

La participación plena, consciente, comunitaria y activa en la celebración de la Eucaristía es un derecho y un deber de los cristianos, y en ella cada uno debe hacer «todo y solo» aquello que le toca según su lugar en la Iglesia.

Aunque la participación suprema es la sacramental, por ello mismo, debemos esforzarnos en lograr que todos muestren su participación activa, interna y externa en la celebración litúrgica. Esto nos obliga a ofrecer, donde sea posible, las ayudas necesarias (monitores, coro, instrumentos, organistas, folletos...) para fomentar la participación.

La naturaleza comunitaria de la liturgia eucarística pide expresamente que los ministros sagrados preparen las celebraciones conjuntamente con los fieles, que no se han de reducir a ayudantes, sino que deben ser escuchados y atendidos en sus aspiraciones y sugerencias; por ello debe existir en cada parroquia un equipo de animación litúrgica.

Todas las personas se encuentran alguna vez con el culto cristiano en sus diferentes formas: sacramentos, exequias, religiosidad popular, oración, arte sacro... y, aunque no lo comprendan, reciben el impacto de lo sagrado. Esto nos obliga a explicar, con oportunidad, que todo lo que se realiza es obra gratuita y santificadora de Cristo y que no les puede dejar indiferentes ante las realidades sociales, las decisiones de la vida y ante su destino final.

Para ello, es importante que las catequesis, las moniciones y la homilía se inspiren en la historia de la salvación y en el misterio que se celebra; y se adapten a la situación de la Iglesia y la sociedad actuales, ofreciendo orientaciones conforme al Magisterio y a las prioridades pastorales de nuestra diócesis.

La participación activa de todos en la Eucaristía es la condición necesaria para toda acción pastoral auténtica de la comunidad.

2.- ¿Hacia dónde vamos?

Todo ello nos exige: fomentar, tanto en la celebración de la Misa como en el culto eucarístico fuera de ella, la conciencia viva de la presencia real de Cristo y del valor del sacrificio redentor del Señor, tratando de trasmitirlos y testimoniarlos con el tono de voz, con los gestos, los movimientos y el modo de comportarse (cf. MND 18), alcanzando una celebración correcta, solemne y participativa.

3.- Proponemos:

1º.- Que se difunda y se explique a los fieles de la parroquia, en particular al grupo de animación litúrgica, la última edición de la Ordenación General del Misal Romano, por ser el instrumento que contiene las líneas básicas para la catequesis de los fieles acerca de la celebración de la Eucaristía.

2º.- Que se cuide el canto, mejorando y actualizando los cancioneros, evitando los cantos con connotaciones musicales profanas o con textos que alteran el Ordinario de la Misa.

3º.- Que se recupere en las parroquias la tradición cristiana del «jueves eucarístico», mediante la exposición del Santísimo y el fomento de la oración personal y comunitaria ante la presencia del Señor.





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SIGLAS

CT Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la catequesis en nuestro tiempo, "Catechesi tradendae" (1979)

DGC Sagrada Congregación para el Clero, "Directorio General para la Catequesis" (1997)

EiE Juan Pablo II, Exhortación apostólica sobre la misión de la familia cristiana en el mundo actual,
"Familiaris consortio" (1981)

GS Concilio Vaticano II, Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, "Gaudium es espes" (1965)

INCRO Conferencia Episcopal Española, "La iniciación cristiana. Reflexiones y orientaciones" (1998)

LG Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, "Lumen gentium" (1964).

MND Juan Pablo II, Carta apostólica para el Año de la Eucaristía, "Mane nobiscum Domine"·(2004).
Publicado por tabor @ 19:51  | Curia Diocesana
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